Las Aventuras Del Capitan Haterras Ii by Julio Verne

Las Aventuras Del Capitan Haterras Ii by Julio Verne

Author:Julio Verne
Format: epub
Tags: sf_history
Publisher: www.papyrefb2.net
Published: 2014-07-29T04:00:00+00:00


CAPÍTULO XIV

LA PRIMAVERA POLAR

Los cautivos estaban libres, y manifestaron su alegría dando al doctor las más expresivas gracias. El viejo Johnson sintió no poder aprovechar las pieles de los osos, que estaban quemadas e inservibles, pero este sentimiento no era de tal magnitud que influyese ostensiblemente en su humor.

Se pasó el día reparando la casa de nieve, que se había resentido mucho de la explosión. Se la desembarazó de los témpanos hacinados por los animales y se compusieron sus paredes. El trabajo se hizo con rapidez, al compás de las alegres canciones que cantaba el contramaestre.

Al día siguiente la temperatura mejoró mucho, y por un repentino salto de viento, el termómetro subió a 15° sobre cero (9° centígrados). De una diferencia tan considerable se resintieron vivamente los hombres y las cosas. La brisa del Sur aparecía acompañada de los primeros indicios de la primavera polar.

Aquel calor relativo duró algunos días. El termómetro, al abrigo del viento, señaló hasta el 31° sobre cero (1° centígrado), y empezaron a manifestarse síntomas de deshielo.

El hielo se agrietaba. Algunos arroyos de agua salada brotaban en distintos puntos como las fuentes de un parque inglés, y algunos días después la lluvia caía abundantemente.

Un intenso vapor se elevaba de las nieves, lo que era de buen agüero, y la licuación de aquellas inmensas moles parecía próxima. El disco pálido del sol tendía a enrojecerse y trazaba espirales más prolongadas encima del horizonte.

La noche duraba apenas tres horas.

Otro síntoma había no menos significativo. Algunos ptarmigans, gansos boreales, chorlitos y ortegas regresaban a bandadas, y el aire se poblaba, poco a poco, de atronadores gritos, de los que se acordaban aún los navegantes de la última primavera. Numerosas liebres, de las cuales se cazaron muchas, aparecieron en la playa de la bahía, e igualmente los ratones árticos, cuyas madrigueras forman un sistema de alvéolos regulares.

El doctor hizo notar a sus compañeros que casi todos aquellos animales empezaban a perder el pelo o la pluma blanca del invierno para tomar su traje de verano. «Se primaverizaban», decía él, y al mismo tiempo la Naturaleza empezaba a ofrecerles su pasto en forma de musgos, amapolas, saxífragas y menudo césped. Se veía que una nueva existencia atravesaba las nieves descompuestas.

Pero con los animales inofensivos volvieron sus enemigos maléficos. Las zorras y los lobos llegaron acechando su presa, y lúgubres aullidos resonaban durante la corta oscuridad de las noches.

El lobo de aquellas comarcas es muy próximo pariente del perro; ladra como él, y ladra de un modo que hace incurrir en error a los oídos más ejercitados, a los de la misma raza canina. Hasta hay quien dice que aquellos animales se prevalen sagazmente de esta facultad para atraer a los perros y devorarlos. Este hecho fue observado en las tierras de la bahía de Hudson, y el doctor pudo verlo confirmado en Nueva América. Johnson se abstuvo de soltar a sus perros de tiro, que habrían podido caer en el lazo.

En cuanto a Duck, tenía demasiada experiencia y era demasiado listo para ponerse él mismo en la boca del lobo.



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